Desde el exilio
- Carlos García Rodríguez
- 19 jun 2022
- 2 Min. de lectura
Nudos en la garganta y lágrimas en los ojos. Lágrimas que no son sino fruto de la rabia, la pena, la frustración y la impotencia de ver cómo todo lo que nos era querido de nuestra bella provincia, se consume pasto de las llamas mientras a nadie parece importarle. Un rayo. Un rayo bastó para desencadenar la mayor catástrofe del siglo en Castilla y León. Ello sumado a fuertes vientos y elevadas temperaturas generó un caldo de cultivo perfecto para un desastre medioambiental sin precedentes en la provincia de Zamora.
Los vecinos de más de una decena de localidades vivieron la angustia de ver una oscura nube de humo que se cernía poco a poco sobre sus cabezas, o una lengua de fuego que amenazaba sus hogares mientras calcinaba sus montes y sus tierras. El drama y la congoja de mirar hacia atrás y ver el infierno hecho realidad; la angustia de mirar hacia delante y no ver nada, solo la incertidumbre de no saber cuándo podrán volver a su hogar y que, cuando lo hagan, ya nada será igual.
Para algunos, una vía de escape para alejarse de los problemas, para otros, una forma de contacto con la naturaleza y, para otros, su fuente de ingresos y su vida entera. En cualquiera de los tres casos, no habrá dinero que compense todo lo que se ha ido. La Sierra de la Culebra ha ardido, y ello no ha parecido importar a un inoperante gobierno autonómico y a un gobierno central que ha hecho caso omiso de la situación que los zamoranos hemos vivido.
Don Alfonso Fernández Mañueco y todos sus acólitos, desoyendo las advertencias de los expertos y, a sabiendas de un riesgo de incendios forestales más que elevado, no modificó su hoja de ruta y no activó el plan contra incendios, cuyo inicio está estipulado para el próximo 1 de julio. Quince días antes de dicha fecha, podía ocurrir y ocurrió, ante la pasividad administrativa y la escasez de unos medios de extinción que se estaban viendo superados por la magnitud de la catástrofe.
Mención especial merecen ellos. Los de primera línea, los que han sufrido quemaduras y han trabajado noche y día para acabar con el desastre. Honor también a los hérores anónimos que pusieron los medios de los que disponían, como tractores, maquinaria y sus propias herramientas de labranza para frenar el avance de las llamas.
Desde el exilio comencé a gestar una idea, la idea de plasmar en estas líneas un pequeño resumen de cómo nos sentimos los zamoranos. España Vaciada, España Ninguneada, España Ignorada y ahora, España Calcinada. Si de algo estoy orgulloso, es del sentimiento de unidad que el pueblo zamorano muestra en los peores momentos, y tengo claro que esto no lo olvidaremos. Hay quien tiene que asumir responsabilidades, y desde las comarcas tenemos que exigirlo, levantar la voz y hacernos oír. Existimos, y podemos hacer más ruido que cualquiera. Zamora no se rinde y su gente, desde casa o desde el exilio, tampoco.

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